La trama da lo mismo

No, mentira, la trama no da lo mismo; necesitaba un
título polémico que llamara la atención. La trama no da lo mismo, pero casi.

Cuando la gente se entera que te gusta escribir no es raro que te empiecen a sugerir ideas para que hagas un libro al respecto. Podrías escribir un cuento sobre cuando estuviste 9 horas en la aduana, podrías escribir una novela sobre la vida de tu abuelo, podrías escribir esto o esto otro. O también suele pasar que te cuentan ideas de historias que piensan que podrían ser grandes novelas, pero que, por supuesto, nunca escribieron. Detrás de esto se esconde —y aveces no tanto— la idea de que un cuento o novela es básicamente su trama, como si al tener la idea de sobre qué se va a tratar la narración ya estuviera casi todo listo y solo faltara escribirlo. Y claro, solo falta escribirlo.

La trama da lo mismo. No, ya dije que eso es mentira, pero sirve decirlo para hacer el punto que quiero. Historias hay para todos los gustos: fantásticas, cotidianas, enredadas, simples, breves, larguísimas, con finales abiertos, cerrados, sorprendentes, esperables, con giros, a veces más de uno, de terror, eróticas, policiales, etc, etc, etc. De cualquier cosa se puede escribir una historia; hay para todos los gustos. Que esté bien escrita es otro cuento. Que se logre algo con eso, que tenga alguna gracia, algún valor, es otra historia.

Digo que la trama da lo mismo, o casi lo mismo, no porque no sea importante, sino porque es de lo que menos se tiene que preocupar un autor. Vargas-Llosa en Cartas a un joven novelista afirma que los temas no los escoge el autor. Los temas te llegan, aparecen, algo viste que llamó tu atención y paf, nació chocapic. Las tramas son una cuestión de gustos, tanto para el autor como para el lector. Hay gente que le gusta el rock psicodélico, a otros el metal y a otros la trova. La calidad de la obra no es cuestión de su género (aunque sí, hay géneros que se caracterizan por reunir obras de mala calidad). Una trama nos puede resultar más o menos cercana, más o menos emotiva, más o menos interesante y poco podemos hacer ante eso. Quizás está relacionado con nuestras historias de vida o con nuestros genes, pero es algo más bien dado. Qué hacer con la trama, cómo contarla y qué contar de ella: eso es lo que definirá el estilo y la calidad del autor.

Una misma historia puede contarse de infinitas manera. Tomemos a La caperucita roja como ejemplo. La trama es conocida por todos. La podríamos resumir así:

  • Una niña vive con su abuela cerca de un bosque.
  • La niña sale a recolectar flores al bosque y se encuentra con un lobo.
  • El lobo va hacia la casa de Caperucita antes que esta llegue, se come a su abuela y se disfraza de ella.
  • El lobo recibe a Caperucita haciéndose pasar por su abuela para también poder comérsela. 
Estos cuatro puntos forman el núcleo de la trama del cuento. Al escucharlos podríamos emitir algunos juicios como si nos parece o no interesante, si la historia es original, predecible; cosas por el estilo. Pero no se puede decir mucho más, porque de esos puntos se pueden hacer infinitas obras. 

¿La historia estará narrada en primera persona, será un narrador omnisciente o de otra clase? Si fuera en primera persona, ¿quién la narrará? ¿Caperucita? ¿El lobo? ¿La abuela? Podrían hablar los tres incluso. ¿La historia se contará linealmente o habrán saltos temporales? ¿Cómo será la prosa? ¿Cómo será la adjetivación? ¿A qué cosas se les dará relevancia y cuáles otras se omitirán? 
Un autor podría simplemente decir que Caperucita, luego de la tradicional charla matutina con su abuela, salió al bosque en busca de flores; mientras que otro autor podría detenerse en el diálogo entre ambas y así mostrar su forma de hablar, el vocabulario que utilizan, las expresiones que tienen, y de esta manera contarnos cómo es su relación. Otro podría elegir darle importancia a este diálogo, pero en vez de explicitar las palabras que se dicen, elegiría contar desde afuera cómo es, qué sintieron, qué pensaron y no dijeron. Otra escoge simplemente ignorar todo esto, no decir nada sobre que Caperucita y su abuela conversaron en la mañana. A esta autora tal vez le interese más describir cómo es el bosque en el que Caperucita entrará; hablar sobre los colores y formas de las hojas, del olor de la tierra, nombrar a los árboles y flores que lo forman; así como a otro le preocupe más detallar la vestimenta y los rasgos de los personajes. Tolstoi podría hacer una novela de más de 500 páginas sobre esto, mientras que Borges probablemente preferiría imaginar la novela de Tolstoi y hacer un resumen de 5 páginas sobre ella, en la que seguro inventaría a algún crítico literario que comenta sobre esta novela en alguna revista también inventada. 
Incluso, se pueden escribir obras que tengan el mismo núcleo de la trama, pero que traten sobre temas distintos. La caperucita roja podría ser una historia de aventura, de terror, filosófica, política, hasta erótica podría ser. Depende de en qué se ponga el foco y de cómo se haga.

¿La trama importa? Por supuesto que sí. Se agradece una historia original, inteligente, algo que conmueva. El punto es que tener la trama de un cuento o novela (o película, obra de teatro, etc.) es menos que tener los ingredientes de una receta, porque no hay receta (ahí está toda la genialidad de esto). Es como tener una idea de que se quiere cocinar algo que lleve ciertos ingredientes pero sin tener ninguna receta. Y todavía falta cocinarlo. 

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