Crímenes Imperceptibles

En mi reciente viaje a Mendoza visité las librerías de la calle Garibaldi y pregunté por recomendaciones de autores argentinos contemporáneos. El primer autor que me recomendaron fue Guillermo Martínez. Me interesó, siendo sincero, por el solo hecho de que tenía un doctorado en matemáticas (El porqué esto me provoca interés no lo puedo expresar claramente. Sin duda tiene que ver con que estudié física y sé cómo te puede formatear la cabeza estudiar matemáticas ―al igual, pero de una manera distinta, que como te formatea la cabeza estudiar cualquier otra cosa―. Escribiendo ahora me parece que son dos las cosas que me llaman la atención de esto: la primera es cómo queda plasmado en la escritura las distintas formas de percibir el mundo que podrían tener, por ejemplo, un fotógrafo, un músico o un matemático. Y la segunda es, suponiendo que el estudio de la física te formatea la cabeza de una forma similar que el de la matemática, ¿podría encontrar un placer distinto, más cercano tal vez, al leer a este autor?). El libro que me recomendaron fue Yo también tuve una novia bisexual pero como no conocía al autor no quise arriesgarme y fui por la que al parecer es su obra más reconocida. Me terminé de convencer de comprar Crímenes imperceptibles cuando leí en la contratapa que la historia se relacionaba con el teorema de Gödel.

El libro es una novela policial. Ahora, decir eso no es mucho; el género policial, quizás como ningún otro, es muy amplio y abarca un gran espectro de obras de todas las calidades posibles (Sábato decía que el género policial era a nuestro tiempo lo que la novela caballeresca era a los tiempos de Cervantes). Siento atracción por las historias de detectives, pero no tanto por los misterios a resolver, sino por esos personajes excéntricos, con vidas miserables. Este no es el caso de Crímenes imperceptibles. En este libro el protagonista no es un personaje que brille demasiado. Tampoco los crímenes lo son; de hecho tienen esa característica de ser casi imperceptibles: crímenes que bien podrían no serlos. Un poco como en Zodiac la gracia de la historia está en entender el código, la secuencia lógica. Ahí está el núcleo de la trama, mas no del libro.

No es mi intención resumir la trama del libro, analizar su prosa (la cual es más bien parca) o la construcción de los personajes. Quiero destacar algo que disfruté bastante, algo que me sorprendió agradablemente.

El libro tiene varios capítulos que parecen alejarse de los crímenes hasta casi disociarse. Sentí que varios de estos (el libro tiene 25 capítulos más un epílogo) se podían leer de forma independiente del resto, como si fuera un libro de cuentos. Y podría ser este un libro en el que hay un cuento sobre un mago, sobre un hospital viejo de Oxford, sobre un escultor y el rey de Nissam, sobre la paradoja de Wittgenstein, sobre el teorema de Gödel, uno que otro sobre algún crimen extraño, y los crímenes imperceptibles como conexión ―no tan evidente en todos los casos― entre los diferentes cuentos. ¿Por qué esto es una gracia, algo digno de destacar? Me gusta porque no es necesario, pero tampoco sobra. Lo que sobra en un libro es de mal gusto; si se puede quitar sin que duela entonces hay que hacerlo. Soy de la idea de que un libro debe tener tan pocas páginas como pueda. Esto no significa que me desagraden los libros de muchas páginas (no le quitaría ni una sola a Los miserables), sino que encuentro que son mucho más difíciles de escribir. Escribir un libro de 500 páginas en el que no sobre ninguna es una tarea monumental. Lo valorable de Crímenes imperceptibles es que agrega estos capítulos, estas historias que no sobran pero tampoco son «necesarias» para la trama. La diferencia entre escribir un libro y hacer literatura, entendida como una forma de arte, es que en el último caso la finalidad siempre es provocar placer estético. Pueden haber otros fines, por supuesto, se puede querer informar, entretener, hacer pensar, denunciar, pero lo primero es siempre provocar placer estético. Un libro que solo se dedique a contar una historia y no a jugar con cómo se cuenta esa historia (porque al final no es más que un juego), a explorar formas, a inventar recursos, podrá ser entretenido, podrá dar ganas de leerlo, pero no será literatura, al menos no en el sentido en que la entiendo yo. Es otro fin, otro oficio. Guillermo Martínez se desvía, da paseos por alrededor sin llegar a perderse, cuenta historias que podrían omitirse, que no aportan pistas para resolver el misterio, que oscurecen más de lo que alumbran (aunque eso podría ser una pista) y a mi juicio le resulta ―en el arte se puede hacer cualquier cosa mientras resulte.

Pensando ahora sobre si sentí alguna cercanía en la forma de escribir que pueda atribuir a la cercanía de nuestras disciplinas la verdad es que sí, pero no puedo decir si es cosa del autor o de esta novela en particular. El libro está protagonizado por dos matemáticos, narrado por uno de ellos, se habla bastante de matemáticas y cuando se habla de otra cosa es casi siempre bajo la mirada de un matemático ―una ventaja de darle a un personaje un escenario conocido por el autor es que puede hablar con confianza, mezclarse todo lo que quiera con el personaje y que siempre quede la duda de si está hablando este o el autor―. Para salir de la duda tendré que leer el de la novia bisexual (asumiendo que no está protagonizado por un matemático también).

Para conocer más del autor les dejo una entrevista hecha por la revista La balandra: Cómo empecé: Guillermo Martínez

Comentarios